VILLACONANCIO, LA TIERRA CERRATEÑA DE MI ABUELA PATERNA, JOSEFA MORENO
VILLACONANCIO, LA TIERRA DE MI ABUELA PATERNA, JOSEFA MORENO
Un pequeño pueblo del Cerrato palentino con una gran historia
Hay lugares que conocemos por los libros, por los mapas o por haber pasado alguna vez por sus calles. Y hay otros que forman parte de nosotros de una manera mucho más profunda.
Villaconancio es para mí uno de estos últimos lugares.
En esta pequeña villa del Cerrato palentino nació mi abuela paterna, Josefa Moreno. Por eso, acercarme a Villaconancio no significa únicamente hablar de la historia de un municipio: significa también acercarme a una parte de mis propios orígenes familiares.
Villaconancio se encuentra en el extremo sureste de la provincia de Palencia, dentro de la comarca del Cerrato. Es hoy un municipio pequeño, pero su reducido tamaño actual contrasta con la importancia que tuvo en otros momentos de su historia.
UN NOMBRE CON MUCHOS SIGLOS DE HISTORIA
El nombre de Villaconancio procede, según la tradición recogida por la documentación municipal, de la unión de «Villa» y «Conancio», interpretándose como «la villa o lugar de Conancio».
La primera documentación conocida que menciona expresamente la localidad se sitúa en el siglo XI, cuando el rey Fernando I realizó una donación al monasterio burgalés de San Pedro de Arlanza en la que aparece Villaconancio.
Sin embargo, los orígenes del asentamiento son anteriores. La tradición histórica sitúa la repoblación de esta zona del Cerrato entre finales del siglo IX y comienzos del X, después de la expansión de los territorios cristianos hacia el sur.
Villaconancio llegó a disponer de un sistema defensivo propio. Se habla de una fortaleza y de una muralla que habría rodeado el núcleo antiguo, con al menos dos puertas almenadas.
EL ROMÁNICO DE VILLACONANCIO
Si existe un elemento que hace que Villaconancio ocupe un lugar especial dentro del patrimonio del Cerrato es su iglesia de San Julián y Santa Basilisa.
El templo comenzó a construirse en el siglo XII, en época románica. De aquel edificio medieval permanece, sobre todo, su extraordinaria cabecera de doble ábside, considerada uno de los ejemplos más singulares del románico cerrateño.
La iglesia sufrió importantes deterioros y el templo primitivo llegó a arruinarse en el siglo XIX. En 1905 se llevó a cabo una reconstrucción que dio al edificio su aspecto actual, conservándose elementos de la construcción medieval.
Los dos ábsides románicos, decorados con arquillos ciegos, constituyen probablemente la imagen más característica de Villaconancio.
Es uno de esos monumentos que demuestran que, en el Cerrato, pueblos pequeños pueden guardar auténticas joyas de nuestra historia.
VILLACONANCIO Y EL CERRATO
Durante la Edad Media, Villaconancio estuvo vinculado administrativamente a la Merindad de Cerrato y, desde el punto de vista eclesiástico, al Arciprestazgo de Baltanás y al Arcedianato de Cerrato.
En el siglo XIV aparecen diferentes señores y entidades vinculados a la localidad. En 1352, por ejemplo, Villaconancio figura como lugar solariego de distintos linajes y de la Orden de Santa María de la Vid.
Más adelante, en el siglo XVIII, era una villa de señorío perteneciente al Duque de Béjar.
El Catastro y otras fuentes de aquella época permiten imaginar cómo era entonces la vida de sus habitantes. En 1752 contaba con unos 90 vecinos, dos molinos harineros y numerosos colmenares. Buena parte del territorio estaba ocupado por encinas y robles, junto a tierras de cultivo, pastizales y páramos.
Era, por tanto, un pueblo profundamente ligado a la agricultura, la ganadería y al aprovechamiento de los recursos del monte.
EL VILLACONANCIO QUE CONOCIÓ LA HISTORIA
A comienzos del siglo XIX Villaconancio seguía siendo una localidad de cierta importancia dentro de su entorno.
En 1828 tenía 513 habitantes y disponía de parroquia y pósito. El escritor Sebastián de Miñano describía su situación como un lugar del Cerrato rodeado de montes de enebro y encina. También destacaba la producción de cereales, miel, cera y plantas medicinales.
En 1850 la localidad alcanzaba los 598 habitantes, tenía escuela de primeras letras, tres fuentes, dos puentes sobre el arroyo Maderón y dos molinos harineros.
Aquella imagen de Villaconancio nos muestra un pueblo mucho más poblado y activo que el que conocemos actualmente.
EL ARROYO MADERÓN Y LA VIDA COTIDIANA
El arroyo Maderón —también denominado Maderano en algunas fuentes— ha formado parte de la historia cotidiana del municipio.
Junto a él funcionaron los antiguos molinos harineros, esenciales en una sociedad en la que transformar el cereal en harina era una actividad fundamental.
También existieron fuentes, puentes, colmenares y aprovechamientos forestales.
Era el paisaje tradicional del Cerrato: cereal, monte, encina, roble, agua, ganado y trabajo.
Un paisaje que, aunque transformado por el paso del tiempo, todavía permite comprender cómo vivieron muchas generaciones de castellanos.
DE LOS CIENTOS DE HABITANTES AL PEQUEÑO MUNICIPIO ACTUAL
Como tantos pueblos del interior de Castilla y León, Villaconancio sufrió durante el siglo XX un fuerte proceso de despoblación.
El municipio tenía 529 habitantes de derecho en 1930. En 1960 todavía contaba con 375 y en 1991 había descendido hasta 94. Los datos del INE muestran que la población continuó disminuyendo posteriormente.
Esta evolución no es solamente una sucesión de cifras.
Detrás de cada número había una familia, una casa, una infancia, un oficio y una historia.
Y seguramente también detrás de alguna de aquellas casas estuvo la familia de mi abuela Josefa Moreno.
JOSEFA MORENO
Y aquí es donde la historia general de Villaconancio se convierte para mí en una historia personal.
Mi abuela paterna, Josefa Moreno, nació en Villaconancio.
No puedo contemplar este dato como una simple referencia de una partida de nacimiento. Para mí significa que, en algún momento de la historia de esta pequeña villa, una niña llamada Josefa comenzó allí su vida.
Caminó por aquellas calles.
Conoció aquel paisaje.
Respiró el aire de este rincón del Cerrato.
Y formó parte de una generación que vivió una España muy diferente de la actual.
Con el paso de los años, Josefa abandonaría Villaconancio, para casarse con mi abuelo y su vida tomaría otros caminos, hasta recalar definitivamente con todos los hijos en HontoriadeCerrato.
Pero el lugar donde nació permanece.
Y permanece también en la memoria familiar.
Quizá por eso, cuando uno contempla la iglesia románica, el paisaje, las viejas calles o el entorno del Maderón, resulta inevitable imaginar cómo sería Villaconancio en aquellos años en que mi abuela era niña.
UN PUEBLO PEQUEÑO, UNA HISTORIA GRANDE
Hoy Villaconancio es un municipio pequeño, pero su patrimonio recuerda que nunca debemos medir la importancia de un lugar solamente por el número de habitantes que tiene.
Su historia medieval, su antigua condición de villa, su iglesia románica, sus molinos, sus montes, sus tierras de cultivo y, sobre todo, las generaciones de hombres y mujeres que vivieron allí forman parte de la historia del Cerrato.
Y también de la mía.
Porque la historia de los pueblos no está solamente en los documentos.
Está en las personas.
Está en los apellidos.
Está en las casas donde nacieron nuestros mayores.
Está en los caminos que recorrieron.
Y está en la memoria de quienes, muchos años después, regresamos a buscar nuestras raíces.
Villaconancio es, para mí, mucho más que un municipio del Cerrato palentino.
Es la tierra donde nació mi abuela paterna, Josefa Moreno, la esposa de Emilio López y la madre de mi querido padre Germán.
Y por eso, cuando escribo sobre Villaconancio, en realidad estoy escribiendo también sobre una pequeña parte de mi propia historia familiar.
Cerrateando.
Porque conocer nuestros pueblos es también conocer de dónde venimos.
FIN
Comentarios
Publicar un comentario