ARTICULO SOBRE LOS BAÑOS EN BALTANÁS Y OTROS PUEBLOS CERRATEÑOS


En los pueblos pequeños, durante muchos años, la relación con el agua fue distinta a la de las ciudades o las zonas costeras. En lugares como Baltanás, en pleno Cerrato palentino, no había río caudaloso ni piscina municipal durante buena parte del siglo XX. Para los jóvenes y los adolescentes, aprender a nadar no era algo natural ni cotidiano: simplemente no tenían dónde hacerlo. El verano se llenaba de polvo y de campos dorados, pero no de chapuzones.
Para muchos, el agua era algo casi exótico, visto en excursiones ocasionales o en viajes familiares a la costa. Y cuando llegaba el momento de enfrentarse al mar, aparecía también el respeto, incluso el miedo. No se trataba de torpeza, sino de falta de oportunidad. Nadie les había enseñado, porque no había lugar para aprender.
Yo mismo lo comprendí de verdad años después, cuando conocí a mi mujer en una playa del País Vasco. Sonaba una música lenta, casi como un vals que parecía venir de algún chiringuito cercano, y el mar estaba allí, inmenso y brillante frente a nosotros. Ella me confesó con naturalidad que no sabía nadar. Aquella frase, tan sencilla, me devolvió de golpe a la realidad de tantos pueblos del interior: no todo el mundo había crecido cerca del agua.
Caminamos por la orilla sin atrevernos a entrar más allá de donde rompían las olas pequeñas. No hacía falta. Bastaban la arena húmeda bajo los pies, la conversación tranquila y la sensación de que aquel encuentro tenía algo especial. Para mí, aquella escena se convirtió en una especie de símbolo: el contraste entre quienes han tenido siempre el agua a mano y quienes la han visto como algo lejano.
Hoy, las cosas han cambiado. En Baltanás y en muchos pueblos del Cerrato existen piscinas municipales, cursos de verano y excursiones organizadas. Los niños aprenden a nadar casi como algo natural, y los mayores, a veces ya jubilados, se apuntan también para quitarse la espina de la infancia. El agua ha dejado de ser un misterio para convertirse en un lugar de encuentro, de risas y de tardes largas al sol.
Pero conviene no olvidar cómo era antes. Porque esas carencias moldearon a generaciones enteras y explican muchas historias personales, como la mía. Historias que empiezan en un pueblo sin río y continúan, años después, en una playa del norte, con una música suave de fondo y dos personas caminando despacio junto al mar.
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Crecer en Baltanás sin río: la infancia en los pueblos del Cerrato
Baltanás, en pleno corazón del Cerrato palentino, es uno de esos pueblos castellanos donde el paisaje se abre en campos ondulados, cerros suaves y largos horizontes. Tierra de cereal, de veranos secos y de inviernos duros, pero también de plazas animadas y conversaciones al fresco. Sin embargo, durante buena parte del siglo XX, hubo una ausencia que marcó la infancia de muchos jóvenes: la falta de un río cercano donde aprender a nadar.
A diferencia de otros pueblos ribereños, donde el agua formaba parte natural de la vida cotidiana, en Baltanás y en muchos municipios del Cerrato no existía un cauce próximo que sirviera de lugar de baño. Los adolescentes crecían sin chapuzones veraniegos, sin carreras hasta la orilla ni competiciones improvisadas para ver quién aguantaba más bajo el agua. El verano se pasaba entre las eras, los caminos polvorientos, las faenas del campo o la sombra escasa de los soportales.
No saber nadar era algo común y casi invisible. Los padres tampoco habían tenido oportunidad de aprender, y nadie lo veía como una carencia urgente. El agua era para las tareas diarias, para los animales, para las huertas, pero no para el ocio. Solo cuando algún joven salía del pueblo —a Palencia, al servicio militar, a trabajar fuera o a ver el mar por primera vez— aparecía la sensación de desventaja: la prudencia excesiva al acercarse a una playa, el quedarse en la orilla mientras otros se adentraban, o el temor a una profundidad desconocida.
Esta realidad hablaba de algo más amplio que una simple habilidad física. Reflejaba la distancia entre el medio rural y los núcleos urbanos, donde empezaban a surgir piscinas municipales y actividades deportivas organizadas. En el Cerrato, esas infraestructuras tardaron en llegar. Las prioridades eran otras, y los recursos, escasos. La natación, como tantas cosas, quedaba para más adelante.
Con los años, Baltanás y los pueblos vecinos fueron incorporando piscinas de verano y cursos para niños. Lo que durante décadas fue una imposibilidad se transformó en costumbre estival. Aprender a nadar dejó de ser un reto de adultos para convertirse en parte de la infancia. Aun así, quienes crecieron antes de ese cambio conservan el recuerdo de un tiempo distinto, cuando el agua profunda era algo ajeno y enfrentarse a ella requería valor.
Contar estas pequeñas historias ayuda a entender cómo se vivía en el Cerrato y cómo el entorno condicionaba la juventud. No es solo un ejercicio de memoria local: es una manera de reconocer cómo la geografía, la economía y la inversión pública influyen en las oportunidades cotidianas. En Baltanás, como en tantos pueblos de la España interior, incluso algo tan elemental como aprender a nadar dependió durante mucho tiempo de un detalle tan simple como la ausencia de un río.

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Cuando no había río: crecer en un pueblo pequeño sin aprender a nadar
En muchos pueblos pequeños de la España interior —y de otras zonas rurales— la vida siempre ha estado marcada por la escasez de recursos. Hoy hablamos de internet lento, de la falta de transporte público o de la ausencia de centros educativos cercanos, pero hace décadas había carencias aún más básicas. Una de ellas, curiosa vista desde el presente, era la imposibilidad de aprender a nadar.
En aquellos lugares donde no había río, embalse ni piscina pública, el agua era algo para beber, lavar o regar los huertos, pero no para jugar. Los jóvenes y adolescentes crecían sin contacto habitual con espacios donde chapotear en verano o lanzarse a nadar con los amigos. Mientras en otros pueblos el río era punto de encuentro, lugar de baños y de primeras aventuras, en estos sitios el verano se vivía de otra manera: en la era, en la plaza, ayudando en el campo o buscando sombra bajo los árboles.
Para muchos chicos, no saber nadar no parecía un problema inmediato. Nadie en su entorno lo consideraba imprescindible. Sus padres tampoco habían aprendido y la vida cotidiana no lo exigía. Sin embargo, esa carencia se hacía evidente cuando viajaban por primera vez a la costa, cuando iban de excursión a un pantano o cuando el servicio militar o el trabajo los llevaba a zonas con ríos caudalosos. Entonces aparecía la inseguridad, la vergüenza de reconocer que no sabían mantenerse a flote y el miedo al agua profunda.
Más allá de la habilidad concreta, la ausencia de espacios para el baño reflejaba algo más amplio: la desigualdad entre el mundo rural y el urbano. En las ciudades empezaban a construirse piscinas municipales, se ofrecían cursillos de natación y el deporte se integraba poco a poco en la educación. En los pueblos pequeños, en cambio, estas infraestructuras tardaron mucho en llegar, cuando llegaron. El aislamiento geográfico y la falta de inversión hacían que actividades hoy consideradas normales fueran entonces un lujo.
Con el paso del tiempo, la situación ha cambiado en muchos lugares. Se han creado piscinas de verano, se organizan cursos para niños y adultos y se entiende la natación no solo como ocio, sino como una cuestión de seguridad. Aun así, la memoria de quienes crecieron sin río sigue ahí. Para ellos, el agua fue durante años algo distante, casi ajeno, y aprender a nadar en la edad adulta se convirtió en un reto personal y, a veces, en una pequeña conquista.
Hablar de estos detalles cotidianos ayuda a comprender cómo era la vida en los pueblos pequeños y cómo las condiciones del entorno moldeaban la infancia y la juventud. No se trata solo de nostalgia, sino de reconocer que el territorio influye en lo que aprendemos, en lo que damos por normal y en las oportunidades que tenemos. Porque incluso algo tan simple —y tan importante— 
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 hablamos de internet lento, de la falta de transporte público o de la ausencia de centros educativos cercanos, pero hace décadas había carencias aún más básicas. Una de ellas, curiosa vista desde el presente, era la imposibilidad de aprender a nadar.
En aquellos lugares donde no había río, embalse ni piscina pública, el agua era algo para beber, lavar o regar los huertos, pero no para jugar. Los jóvenes y adolescentes crecían sin contacto habitual con espacios donde chapotear en verano o lanzarse a nadar con los amigos. Mientras en otros pueblos el río era punto de encuentro, lugar de baños y de primeras aventuras, en estos sitios el verano se vivía de otra manera: en la era, en la plaza, ayudando en el campo o buscando sombra bajo los árboles.
Para muchos chicos, no saber nadar no parecía un problema inmediato. Nadie en su entorno lo consideraba imprescindible. Sus padres tampoco habían aprendido y la vida cotidiana no lo exigía. Sin embargo, esa carencia se hacía evidente cuando viajaban por primera vez a la costa, cuando iban de excursión a un pantano o cuando el servicio militar o el trabajo los llevaba a zonas con ríos caudalosos. Entonces aparecía la inseguridad, la vergüenza de reconocer que no sabían mantenerse a flote y el miedo al agua profunda.
Más allá de la habilidad concreta, la ausencia de espacios para el baño reflejaba algo más amplio: la desigualdad entre el mundo rural y el urbano. En las ciudades empezaban a construirse piscinas municipales, se ofrecían cursillos de natación y el deporte se integraba poco a poco en la educación. En los pueblos pequeños, en cambio, estas infraestructuras tardaron mucho en llegar, cuando llegaron. El aislamiento geográfico y la falta de inversión hacían que actividades hoy consideradas normales fueran entonces un lujo.
Con el paso del tiempo, la situación ha cambiado en muchos lugares. Se han creado piscinas de verano, se organizan cursos para niños y adultos y se entiende la natación no solo como ocio, sino como una cuestión de seguridad. Aun así, la memoria de quienes crecieron sin río sigue ahí. Para ellos, el agua fue durante años algo distante, casi ajeno, y aprender a nadar en la edad adulta se convirtió en un reto personal y, a veces, en una pequeña conquista.
Hablar de estos detalles cotidianos ayuda a comprender cómo era la vida en los pueblos pequeños y cómo las condiciones del entorno moldeaban la infancia y la juventud. No se trata solo de nostalgia, sino de reconocer que el territorio influye en lo que aprendemos, en lo que damos por normal y en las oportunidades que tenemos. Porque incluso algo tan simple —y tan importante— como saber nadar puede depender, en gran medida, de si cerca de casa había o no un río.

Esto enlaza con la ausencia de playas o ríos, que se suplieron con pequeñas presas en los arroyos.

Mi proyecto de "Charcas de Ocio", como las de Tabanera o Valdecañas de Cerrato, fue basado en esta ausencia de lugares para seudo bañarse en pueblos sin ríos, ni afluentes.

Balsas :
* Huerta Cantarero
* Puente de los "enamorados", junto al cementerio 
* Puente San Francisco 
* Los Molinos (arroyo arriba de la quesera)


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